Para despejar la mente y volver a casa con algo lindo
hace 1 mes
Para despejar la mente y volver a casa con algo lindo

> Viva América

Como sucede con muchas técnicas artesanales, el bordado mexicano fue transmitido de mano en mano por las mujeres mayores de las familias de ese país a las nuevas generaciones. Hasta que, gracias al turismo, la técnica se popularizó en todo el mundo. Hoy se enseña que con hilo, aguja y tela se puede convertir en obra de arte esta práctica con olor y color a Latinoamérica. En Tucumán hay múltiples talleres para aprender a bordar como en México. Incluso enseñan otras técnicas o tejidos, como macramé o randa, por ejemplo. Pero es el mexicano el que se ha impuesto como una moda, sostiene la docente Eugenia Mendilaharzu. Lo bueno -destaca- es que se puede tomar la técnica original y modernizarla usando otros hilos (de seda o de yute, entre otros) o poniéndole volumen. “Por ejemplo, el bordado peruano tiene más volumen que el mexicano, que es más plano”, contó.“También se ha impuesto este taller porque se busca reciclar la ropa. Ahí entra el bordado, en una manga, en un cuello. En la decoración también se usa un montón: en mantas, almohadones. Pero a la clase, más que nada, vienen por el hecho de juntarse, tomar un café. Y hasta es terapéutico, incluso van recomendadas por sus médicos. Dicen que es un cable a tierra, como una especie de meditación mientras manejan las agujas. Las tranquiliza”, agrega la docente. ¿Quién puede ir? Mendilaharzu cuenta que asisten mujeres que tienen tiempo, porque bordar no se hace de un momento para otro. Y no hace falta que tengan conocimientos previos. Sólo ganas de abstraerse.

> Martillo y tijeras

Retapizar un sillón antes era algo casi imposible. Lo hacían sólo los profesionales, cual artesanos, y el tiempo de entrega era eterno. Hoy, con nuestras propias manos, se puede aprender a tapizar desde banquetas a sofás. En este taller que ha comenzado a imponerse desde el año pasado, lo mejor es que hay que asistir sólo con un martillo y una tijera, para volver a casa con un nuevo mueble. “Es algo que antes lo veías y decías ‘esto es imposible que lo haga yo’. Pero es tan fácil que hasta un niño tranquilamente puede tapizar un puff o una butaca. Hay otros muebles más avanzados, como las poltronas, pero en general es muy sencillo”, cuenta la docente María José Robín, y destaca que en Tucumán es el taller que está más en auge en este momento. “En Salta recién lo están descubriendo. Y creo que eso pasa porque los tucumanos son más creativos, tienen la mente más abierta, quieren hacer las cosas por sus propios medios. Por otra parte, aprender a  tapizar es una muy buena salida laboral”, agrega. En este tipo de talleres, los alumnos (van hombres y mujeres) tienen que asistir con martillo y tijeras. El resto de los materiales los ofrece el tallerista, y son: estructura armada de madera, telas para tapizar, tachas, pasamanería y pintura para pintar las patas. Las clases duran de cuatro a cinco horas, según el trabajo que haya que hacer.“Se anotan muchas mamás que necesitan un tiempo de relajación. A otras, hasta las mandan sus terapeutas. Y muchas lo hacen para aprender y vender, o para hacer en su casa y regalar”, detalla Robín.

> Pedazos de color

Grandes murales colorean las paredes de nuestra ciudad desde hace unos años. Se pueden encontrar en la parroquia San Gerardo, en las plazas Miguel Lillo o Eva Perón o en el parque Avellaneda, por nombrar algunos ejemplos. Todos ellos han sido realizados con la técnica del mosaiquismo. Se trata de la confección de obras mediante la unión de diferentes piezas, que pueden ser de piedra, cerámica, terracota, vidrios de varios tamaños u otros materiales similares de diversas formas, texturas y colores. “Creo hay una gran demanda de hacer algo diferente, distinto, de ocupar la mente en otra cosa. Vivimos en un mundo con muchas presiones y esto te saca de la realidad, y de paso creás algo hermoso”, comenta Silvia Balatto, de 57 años, que con los años se fue perfeccionando en esta técnica, aplicable tanto a murales como a pequeños muebles u objetos.“Con este taller no hace falta ir a terapia”, se ríe Balatto y agrega que mientras van pegando los trocitos de colores en alguna superficie, también conocen y hacen amigos entre las rondas de mate. “Despejan la mente, se dan cuenta de que hacen cosas lindas con sus manos, y eso es muy gratificante”, sostiene la docente.Las clases arrancan con la historia del mosaiquismo, que se remonta a la antigua Grecia. Luego explica cómo se utilizan las herramientas y a qué se lo puede aplicar. El alumno sólo debe llegar con ganas de trabajar y pasar un par de horas entre charlas, pegamento y pedacitos de colores que luego formarán alguna pieza, algún paisaje, algún mensaje. El resultado se lleva a casa.